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🎬 El abrazo de la serpiente, la película colombiana que miró la colonización desde la selva

Gastón Boireau Lahore

Una memoria amazónica que invita a revisar la autoridad de los relatos y el derecho a conservar los saberes propios

Los diarios de Theodor Koch-Grünberg y Richard Evans Schultes inspiraron libremente los dos viajes de El abrazo de la serpiente , aunque la película se aparta de la perspectiva de las expediciones para observarlas desde el territorio que recorren. Dirigida por Ciro Guerra y estrenada en 2015, la obra colombiana encuentra en ese desplazamiento su pregunta más persistente, quién tiene derecho a narrar un territorio y las heridas de sus pueblos, como permite explorar el recorrido de Radio Francia Internacional por la película y su origen .

Filmada en blanco y negro y hablada en varias lenguas, entre ellas cubeo, ticuna, huitoto y español, sigue dos búsquedas de una planta sagrada, separadas por décadas. En ambas, Karamakate, una persona sobreviviente de su pueblo que posee conocimientos espirituales y medicinales, acompaña a quienes llegan para investigar, mientras cuestiona sus expectativas sobre aquello que pueden conocer y llevarse.

El territorio antes que la expedición

En buena parte del cine occidental, la selva apareció como un espacio disponible para la exploración y la explotación, una representación que dejaba fuera a las comunidades que la habitaban. Aquí, los ríos y las plantas participan de relaciones que exceden su utilidad económica, mientras las lenguas hacen audible una presencia que el relato colonial intentó silenciar.

Esta disputa por las imágenes tiene una historia, porque llamar desierto a un territorio habitado o presentar como superstición un sistema de conocimientos ayudó a legitimar el despojo. Desde América Latina, y también desde España cuando se revisa la herencia colonial, preguntarnos qué versiones heredamos permite reconocer las ausencias que aprendimos a aceptar como parte del paisaje.

La película también merece esa lectura crítica, porque su escritura y dirección corresponden a una persona que no pertenece a los pueblos representados. Su nominación al Oscar, anunciada en 2016 y recogida por El País , amplió la circulación internacional de esta historia, aunque ese reconocimiento no resuelve la pregunta por la participación de las comunidades en las narraciones sobre sus vidas.

La violencia que quiso interrumpir la transmisión

Uno de los núcleos más dolorosos de la obra es la explotación del caucho, que entre finales del siglo XIX y comienzos del XX produjo esclavización, torturas, desplazamientos y asesinatos en distintos puntos de la Amazonía. En Colombia, las atrocidades asociadas a la Casa Arana dejaron una herida profunda entre pueblos como el uitoto, bora, ocaina y muinane, cuya memoria permaneció durante mucho tiempo en los márgenes de las narraciones nacionales.

La violencia colonial también alcanzó la transmisión entre generaciones, al perseguir las lenguas propias y desautorizar conocimientos que sostenían la vida comunitaria. En una misión religiosa, la película muestra la imposición del castellano y el castigo presentado como salvación, una escena que permite reconocer cómo una institución puede sostener el daño mientras afirma estar educando o protegiendo.

Cuando una lengua es perseguida, también peligra la posibilidad de transmitir lo que una comunidad sabe sobre su territorio y sobre cómo habitarlo.

Desde una mirada de diversidad, equidad, inclusión y pertenencia, esta dimensión invita a distinguir el acceso de la asimilación, porque admitir a una persona mientras se le exige abandonar su identidad condiciona su permanencia al borramiento. La pertenencia necesita espacio para la diferencia , y ese espacio depende de quién conserva la autoridad para decidir qué conocimientos merecen reconocimiento.

Una memoria que también habla del presente

El informe El mundo de los pueblos indígenas 2025 , del Grupo Internacional de Trabajo sobre Asuntos Indígenas, IWGIA, ofrece un panorama internacional sobre los derechos de los pueblos indígenas y las presiones que enfrentan. Su abordaje de las actividades extractivas y de la violencia contra quienes defienden sus comunidades permite situar la memoria en una conversación vigente, aunque ese alcance requiere atender las particularidades de cada territorio y evitar atribuir una misma experiencia a toda la Amazonía.

Hablar de no violencia desde nuestra región implica mirar también las condiciones que sostienen la vida, porque destruir un ecosistema del que depende una comunidad o castigar una lengua compromete derechos que van más allá de la integridad física. La violencia epistémica nombra otra dimensión de ese daño, la desvalorización de unos conocimientos frente a otros que se presentan como universales.

La película permite reconocer estas capas y, al mismo tiempo, encontrar resistencias, porque las pérdidas no agotan la experiencia de los pueblos amazónicos. Hay humor y cuidado, también capacidad de decidir y poner límites, por eso la memoria puede sostener vínculos y disputar el presente, en lugar de quedar reducida a un registro del sufrimiento.

Qué decisiones pueden revisar las organizaciones

Para organizaciones, liderazgos y áreas de Personas, esta lectura abre una conversación sobre cómo se distribuye la autoridad, aunque la historia colonial exige conservar su especificidad. El punto de encuentro aparece al examinar decisiones actuales, por ejemplo, cuando una única manera de hablar se interpreta como capacidad profesional o cuando se incorporan conocimientos comunitarios sin acordar sus usos ni su remuneración.

Una actividad cultural puede abrir preguntas valiosas, pero su alcance depende de lo que ocurra después en los procesos institucionales. Si una organización invita a compartir experiencias y mantiene intactos los criterios que producen exclusión, la escucha queda desconectada de sus decisiones, por eso conviene revisar una situación identificable, acordar quién asume la revisión y prever cuándo se comunicarán los cambios.

Si llevás esta conversación a tu equipo, estas preguntas pueden acompañar decisiones que ya están sobre la mesa, desde una incorporación hasta el diseño de una actividad de aprendizaje.

¿Qué maneras de hablar y qué trayectorias valoramos al incorporar personas, y cuáles desestimamos aunque sean pertinentes para la función?

¿Quién define los contenidos sobre diversidad, y qué capacidad de decisión tienen las comunidades cuyas experiencias se comparten?

¿Qué acuerdos establecemos sobre el uso de conocimientos comunitarios, y cómo reconocemos y remuneramos esos aportes?

¿Qué opciones tiene una persona para cuestionar una decisión o reservar aspectos de su identidad sin perder oportunidades?

¿Qué modificamos después de escuchar una experiencia de exclusión, y cómo comunicamos lo decidido a quienes participaron?

Mirar también implica aceptar límites

A más de una década de su estreno, El abrazo de la serpiente conserva su capacidad de incomodar, porque Karamakate no está allí únicamente para facilitar el aprendizaje de quienes llegan. Hay conocimientos que requieren reciprocidad, y acercarse con respeto no concede acceso ilimitado a aquello que una comunidad elige proteger.

La circulación internacional de la película representa una apertura para estas conversaciones, aunque la visibilidad convive con derechos todavía vulnerados y con preguntas pendientes sobre quién cuenta las historias. Una dirección posible es ampliar la participación de los pueblos en las decisiones sobre sus memorias, reconociendo tanto lo que desean transmitir como aquello que prefieren conservar dentro de sus comunidades.

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